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EL COMPOSITOR Y MUSICO BOB DYLAN CUMPLE HOY 60 AÑOS
Por siempre viejo

En 1941, en Dulutz, estado de Minnesotta, Estados Unidos, en el seno de una familia judía, nacía un día como hoy el artista más influyente de la historia del rock, autor, además, de varias de las grandes canciones del siglo XX. No necesita ser ni parecer joven para seguir luciendo moderno.

Rodeado de niños, durante
su gira por Inglaterra en 1966.
La imagen del músico siempre
parece moderna, entonces y ahora.

Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

A ver, a ver: ¿cuál es la noticia? Un cantautor norteamericano de nombre Bob Dylan cumple sesenta años. El mismo cantautor norteamericano que el año pasado cumplió 59 años y el año que viene –si todo sigue en orden– cumplirá 61. No es una gran noticia. No pasó nada. Mucho más importante sería anunciar que Dylan tiene disco nuevo o que le han dado un merecido Nobel de literatura, por ejemplo. O –por favor, no, Bobby– que en uno de esos bruscos giros de personalidad a los que acostumbra al mundo anuncie que se une a los talibanes y que a partir de ahora consagrará su carrera a dinamitar Budas. Pero no. Bob Dylan cumple 60 años. Es lo que hay y es lo que funciona a la hora de las siempre útiles y conmemorables efemérides de números redondos.
Dylan, está claro, festeja o no festeja su cumpleaños. Cuesta imaginarlo dándole demasiada importancia al asunto del mismo modo que se lo vio un tanto irritado tiempo atrás cuando la Sony Columbia le organizó macroconcierto multiestelar con mega estrellas al que acudió obligado, cantó sin ganas un par de canciones y vuelta a casa –home suite home– a otra escala de su tour interminable que cualquier día de estos puede acercártelo sin que lo esperaras. Dylan cumple 60 años y, ay, la cantidad de diarios que hoy titularán con Forever Young –por siempre joven– como esa canción que compuso para uno de sus hijos a mediados de los 70 cuando ya empezaba a sentirse viejo y cansado por tanta leyenda sobre sus poco anchas espaldas.
Dylan cumple 60 años y en lugar de entonar sentidas odas a su supuesto eterno vigor, es posible celebrar el hecho de que Dylan lejos esté de parecer por siempre joven. Todo lo contrario. Hace poco, aceptó un Oscar con el rostro blanco y castigado de un actor kabuki kamikaze. Un rostro que dice más que mil canciones y que cuenta una historia. Lo interesante de Dylan es que probablemente sea el único integrante de su generación -la generación que apuntaló las vigas maestras del rock sobre el fértil terreno que le habían dejado los nombres ancestrales del asunto– que ha envejecido con todas las de la ley. Es decir: mientras Mick Jagger, Paul McCartney y Pete Townshend se ven obligados –como zombies de su propio destino– a seguir revisitando nostálgicos el pasado de su catálogo para justificar el precio de una entrada en vivo, Dylan, lejos de negar el tiempo transcurrido, lo afirma y lo reconoce. Lo importante no es que Dylan cumpla 60 años. Lo importantes es que a Dylan se le noten –en cuerpo, alma y obra– todos y cada uno de esos 60 años.

UNO En 1997, Dylan hizo –volvió a hacer– algo auténticamente revolucionario. Luego de encerrarse en su granja de Minnesota, ser aislado por una bestial nevada que lo obligó a escribir canciones nuevas para matar el rato, volver a la ciudad para casi morirse de una infección cardíaca y decir que “casi fui a ver a Elvis”, sacó un disco titulado Time Out of Mind. El que ese disco lo devolviera a los primeros puestos de ventas, recuperara la admiración de críticos que analizan cada gesto del artista como si se trataran de profecías bíblicas, le ganara el respeto de toda una nueva generación de músicos y varios de los más importantes premios de la industria, fue importante –fue buena nueva– pero no fue lo verdaderamente trascendente. Lo revolucionario fue que Time Out of Mind, su última grabación hasta la fecha a la que puede agregársele la canción Things Have Changed que compuso para una película a modo de coda, fue el primer disco de rock geriátrico de la historia. Canciones sobre la vejez cantadas por un viejo que lejos estaba de sentirse por siempre joven. Allí, en once formidables tracks, Dylan empezaba cantando que estaba asqueado del amor, admitía que “no está oscuro todavía, pero falta poco” ycerraba el asunto con diecisiete minutos donde narraba la lenta caminata de un tipo normal –él– al que no le pasaba nada demasiado importante salvo el hecho de seguir caminando.
Time Out of Mind –que fue la viga maestra de una estructura que había empezado a construir durante los ‘90 a partir de la grabación de dos excelentes álbumes de temas tradicionales reescritos: Good As I’ve Been to You y World Gone Wrong– fue grabado por Dylan para poner las cosas en su lugar, para que no hubiera confusiones. Una manera de decir: de acuerdo, soy grande; pero también estoy grande.

DOS Los 60 años de Dylan han traído, es inevitable, varios nuevos libros sobre Dylan. Biografías cada vez más exhaustivas que, yendo de lo obsesivo a lo demencial, procuran contarlo todo de quien todo lo ha contado en sus canciones de una manera u otra. Está claro que Dylan ha sido el artista que mayor energía a dedicado a su propia demitificación pero también el que menos consiguió algún resultado en ese sentido. A Dylan se le puede adjudicar cualquier significado. Funciona para cualquier situación de la vida. Dylan –como el Tarot o el I-Ching– está diseñado para funcionar con la eficacia de un todo terreno. Dylan, como las aspirinas, sirve para todo, y los libros sobre su persona siempre son prisioneros, de un modo u otro, de semejante receta. Hay libros donde se recopilan historias de seres anónimos dejan de serlo un poco por el simple hecho de cruzarse con Dylan en una calle del village neoyorquino. Hay libros donde un académico de prestigio lee a Dylan como si se tratara de los rollos del Mar Muerto. El fan mira y lee libros de Dylan, esa es su principal utilidad, mientras espera el momento de volver a ver a Dylan en vivo y en directo.
Ayer estuve hojeando uno de esos libros de y sobre Dylan en una librería de Barcelona. Un libro de fotos. Se llama Early Dylan y recopila retratos del artista durante su fértil época anfetamínica y visionaria entre los años 1965 y 1967. Ahí está Dylan como –seguramente– ya se opta y se optará por recordarlo a la hora de las síntesis y los resúmenes de lo publicado y vivido: el trajecito ajustado, el pelo electrificado, la camisa a go-gó, los anteojos oscuros. Tan moderno y al mismo tiempo atemporal que da miedo. En varias de esas fotos, un Dylan de veinticinco años aparece rodeado por niños que lo miran con esa regocijada extrañeza que suelen tener los niños. Esos niños ingleses –las fotos fueron tomadas por Barry Feinstein durante la tormentosa gira de Dylan por el Reino Unido en 1966– tenían más o menos la edad que yo tenía entonces y, seguro, les debe resultar un tanto extraño verlas hoy, tanto tiempo después, siendo más viejos de lo que Dylan era entonces. No es necesario haber aparecido en una vieja foto moderna con Dylan para sentir esa extrañeza. De hecho, ni siquiera hace falta haber oído a Dylan –aunque, de ser así, por qué no empezar ahora mismo– para comprender que por la figura de pasa el tiempo igual que como pasa para todos. Ese mismo tiempo que alguna vez estaba cambiando, que cambió y que hizo que Dylan y nosotros cambiáramos con él.

TRES De acuerdo, sesenta años son muchos años. Y en el caso de Dylan, son muchos Dylans. En seis décadas de vida Dylan fue el mitómano heredero folkie de Woody Guthrie; el encendido cantante de protesta; el traidor al movimiento por el simple hecho de comprarse una guitarra eléctrica; el mesías lisérgico que aceptaba el caos de un sonido “mercurial y salvaje” y componía Like a Rolling Stone y Visions of Johanna; el recluso sobreviviente a un accidente de moto; el plácido marido country; el divorciado en la carretera; el entertainer que transforma sus clásicos en números para big-band estilo Las Vegas; el fanatizado profeta bíblico convertido al más furioso de los cristianismos; el chiflado que sabotea sus propios discos dejando afuera sus mejores temas; el que no le importa nada; el Travelling Wilbury; el que sorprende con un disco llamado OhMercy; el que vuelve a irse; el que casi se muere; el que retorna del Más Allá más vivo y viejo que nunca con un disco sobre la proximidad de la muerte titulado Time Out of Mind; el que gana un Oscar; el que sigue de gira y no piensa dejar de seguir girando. Poco cuesta imaginar a Dylan muriendo sobre el escenario o, por lo menos, en el backstage. Hace meses alguien le comentó asombrado, en una entrevista telefónica, su vigor y entusiasmo a la hora de seguir tocando casi todas las noches en cualquier lugar del mundo. Dylan respondió: “No veo donde está lo asombroso. Voy a cumplir 60 años. Es esto o mudarme a Miami a beber whisky frente al televisor. ¿Usted que elegiría?”.
Esto último es lo que hay que celebrar: la elección de Dylan, la forma en que ha preferido soplar sus velitas en el viento.
Dylan –por siempre viejo– cumple 60 años.
Pero el regalo lo sigue enviando él y lo seguimos recibiendo nosotros.
Felicidades para todos.