| Jueves 24 de mayo de 2001 |
| ARTISTAS Y COMPAÑIA: BOB DYLAN CUMPLE 60 AÑOS |
| ¿Qué hay de nuevo, viejo? |
| Cuesta imaginarlo sexagenario. A pesar de que su último disco sea de 1997 y su último tema del año pasado, su vitalidad y vigencia son impresionantes |
| FERNANDO GARCIA |
Lo mejor que hay para decir de Dylan, hoy, que es su
día de cumpleaños número 60, tal vez sea que no hay que recordarlo. Es decir,
que no hace falta hundirse en la historia para iluminar un presente anodino.
Porque Dylan está insoportablemente vivo. Porque está, básicamente.
Su última canción tiene fecha 2000 y es la banda de sonido de una película
—Wonder Boys o Fin de semana de locos— a través de la que
mereció un premio Grammy (pura ficha técnica pero presente al fin). No es
ocioso tomarse un tiempo para respirar el último aliento artístico de Dylan
para comprobar esta cuestión del recuerdo. El recuerdo de una canción que
tiene menos de un año y que es obra de un autor que atesora casi 40 años de
carrera. Dylan es un invento tan viejo, inmejorable y actual como, por ejemplo,
el mini cooper, ese automóvil de dimensiones pequeñas y misteriosas que acaba
de ser relanzado en Europa. ¿Los autos y las canciones no se parecen? Pregúntele
a Chuck Berry.
Things have changed es la última canción que grabó Dylan y que fuerza
a cualquiera que tenga la intención de juntar música y letra a pensar: Dios,
quisiera ser como este tipo. Ser como Dylan hoy y no como fue. Ser capaz de
escribir una canción medio tiempo que parece un loop electrónico. Porque nunca
empieza ni termina; porque es una metáfora de lo que Dylan le ha hecho al
tiempo. Una canción que empiece diciendo: "Un hombre preocupado con una
mente preocupada... estoy mirando los cielos teñidos de zafiro/bien vestido,
esperando el último tren". Y el estribillo, inapelable: "La gente está
loca y los tiempos se han vuelto extraños/estoy cerrado en mí mismo y fuera de
alcance/Solía importarme, pero las cosas cambiaron".
Exactamente lo mismo que el crítico Pete Hamill definió en las liner notes
(anotaciones internas) del magnífico álbum Blood on the tracks de 1975.
Decía: "El arte totalitario nos dice qué sentir. El arte de Dylan siente
y nos invita a unirnos a ese sentimiento". Otra vez el principio. No hay
que recordarlo, lo está haciendo ahora.
Hablando de arte, de Dylan, de los sesenta y de 2001, la estrella irlandesa de
U2 Bono le decía meses atrás a MTV: "Dylan es Picasso". Es una
comparación hecha desde el entusiasmo pero no la más certera. Dylan pinta
mucho —pasa gran parte de su tiempo actual ocupado en eso— pero si fuera un
pintor sería más bien Yves Klein, el plástico que al filo de los 60
directamente patentó un color. International Klein Blue (azul de Klein
internacional) lo llamó para reafirmar aquello de que es el artista quien tiene
el poder de designar algo como arte. Es lo que hizo y hace Dylan especialmente
con su voz. Que no respondía al canon de una voz melodiosa hacia 1962. Que
sigue sin hacerlo hoy.
El invento de Dylan es tan básico que ya pasa desapercibido. Este día se sumarán
columnas en el mundo repasando casi con inercia aquello de que Los Beatles
nunca hubieran escrito desde la introspección sin él. Esas diez palabras
tienen una resonancia tremenda para la música pop hecha desde entonces. El
invento de Dylan, entonces, es haberle alumbrado conciencia a los Beatles y
desde allí a todo el rock. Ahí está, vaya, la voz de la conciencia del rock
escribiendo canciones para películas, pintando cuadros, girando sin fin (su
gira Never ending tour empezó en 1990 y nunca terminó) o grabando un
disco inmejorable para cualquier rocker de su generación como Time out of
mind, de 1997.
La voz de la conciencia puede imaginarse enmarañada y confusa, una avalancha de
pensamientos. ¿En cuál otra voz se puede pensar (un nuevo instrumento del
folklore estadounidense, definió el escritor Greil Marcus) sino en la de
Dylan cuando canta "Hice 40 millas de mal camino/si la Biblia está bien,
el mundo va a explotar" (Things have changed, 2000)?
El jueves pasado, en una de las últimas noches de la disco Morocco, el electro
trovador Leo García versionó con altura Escúchame entre el ruido, una
canción muy vieja de Moris. Una de las tantas en el mundo en los últimos
cuarenta años (¡¡cuarenta!!) que no hubieran sucedido sin Dylan. Una confesión
larga y estridente de siete minutos que el mismo Moris definió en la contratapa
de su debut Treinta minutos de vida como "un poema que reventó,
porque tenía que reventar...Y una música insistente y melancólica". O
sea: Dylan. A los 25 y a los 60 años.